La trampa de esperar

La trampa de esperar a ver qué pasa

La trampa de esperar a ver qué pasa

A ver qué pasa

Por qué nos contamos historias que ocultan las señales que no queremos ver

Iniciamos proyectos o acciones dentro de algo que ya existe, pero que sentimos que no está dando los resultados esperados. A veces nos mueve la incomodidad de no alcanzar objetivos previstos. Otras veces, la ilusión de que siguiendo un método conocido llegaremos a una meta que hemos imaginado.

Creemos que basta con invertir recursos y seguir un plan. Pero este principio es ciego: jugamos la partida y solo vemos el resultado después, con la distancia de quien mira atrás y desde ahí puede analizar qué pasó.

Sin embargo, antes de llegar al acto final, tuvimos innumerables señales sobre la dirección que tomaba nuestra flecha. De hecho, todas estas señales son claramente visibles en retrospectiva. Si podemos unir los puntos de la trayectoria a través de la memoria, significa que esas mismas señales podíamos haberlas leído durante el proceso y quizás haber actuado a tiempo para modificar el rumbo o simplemente para minimizar.

La paradoja: lo que nos ciega es justo lo que creemos que nos guía

Aquí está la dualidad que pocos ven: si la información es perfectamente visible después, quiere decir que era perceptible antes. De lo contrario, no sería posible recordarla.
Entonces, ¿qué nos impidió verla en su momento?
La mente y el deseo. Nuestros propios patrones de «cómo hay que hacer las cosas» y «lo que funciona según la experiencia».
Lo irónico es que justo lo que es útil para planear —la experiencia, el conocimiento previo— se convierte en el velo que nos oculta la realidad y nos mantiene en la ilusión de creer que estamos viendo lo que solo estamos imaginando.

Todo tiene su momento y su lugar. El conocimiento y la experiencia son fundamentales para diseñar la estrategia y lanzar la flecha. Pero lo importante es saber cuándo ha pasado ese momento y estamos en el siguiente: ese punto donde la memoria, el deseo y a veces el miedo se convierten en interferencias para la observación pura.

Hay un momento para aplicar el conocimiento. Y ese momento termina cuando se lanza la flecha.

A partir de ahí, hay que soltar y limitarse a mirar, estando plenamente dispuesto a ver sin que la imaginación cubra la realidad.

¿Y si invertimos el proceso?

En lugar de esperar a ver qué pasa, ¿qué tal si observamos lo que está pasando mientras recorremos el camino?
Este planteamiento requiere claridad mental y valor para reconocer y modificar. Una dosis de valentía proporcional a los recursos invertidos.

Estar dispuesto a cambiar de rumbo en plena travesía implica reconocer que el plan que parecía correcto, no lo es. Al menos no cuando las olas intervienen y obligan a modificar o incluso a volver a empezar desde otro lugar.

Esto puede parecer un obstáculo, pero en realidad es el premio a la claridad y al valor. La oportunidad que nos muestra esa pequeña idea que lo cambia todo.

La clave está en soltar los límites prefijados que nos hacen sentir en peligro. La libertad de modificar el rumbo en plena travesía es justo lo único en lo que realmente podemos confiar. Es la tranquilidad de saber que el viaje valdrá la pena, independientemente del resultado.

El secreto del éxito garantizado

Cuando iniciamos proyectos, solo si estamos dispuestos a ver y actuar durante el proceso, el éxito está garantizado.

La trampa de «esperar a ver qué pasa» también garantiza un éxito: el del aprendizaje que llega cuando ya hemos arribado a otra meta diferente.

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